Serie: "No sé cómo me siento" - Factores sociales: Las emociones se aprenden en relación (PARTE 4/5)
Hay una idea que atraviesa los tres artículos anteriores y que merece ser dicha con claridad al comenzar este: las emociones no son eventos privados que ocurren dentro de una persona y luego se expresan hacia afuera. Son, en buena medida, construcciones relacionales. Se aprenden en vínculo, se nombran en conversación, se diferencian a través del lenguaje compartido, y se validan (o no) en los entornos donde una persona crece y vive.
Esto significa que entender por qué muchas personas neurodivergentes tienen dificultad para saber qué sienten requiere mirar más allá del cerebro y de las estrategias psicológicas individuales. Requiere mirar el entorno: las relaciones tempranas, los contextos educativos y laborales, los marcos culturales disponibles, y los modos en que la sociedad ha respondido históricamente a la diferencia emocional neurodivergente.
Las emociones se aprenden: el rol del entorno relacional temprano
Desde el campo de la neurobiología interpersonal, Daniel Siegel (1999) planteó que la mente emerge en la interfaz entre las relaciones interpersonales y el desarrollo cerebral: no como metáfora, sino como descripción literal del proceso por el cual las experiencias vinculares moldean la arquitectura funcional del sistema nervioso.
En lo que concierne específicamente a las emociones, esta idea se concreta de una manera muy precisa. Desde los primeros meses de vida, las personas que cuidan a un niño o niña cumplen una función que los investigadores llaman co-regulación emocional: ayudan a regular estados afectivos que el niño todavía no puede manejar solo, y al hacerlo, también los nombran, los reflejan y los contextualizan. Una figura cuidadora que dice "estás frustrado porque no puedes abrir eso, eso es normal" no solo regula la activación: está enseñando, simultáneamente, que esa sensación específica tiene un nombre, que ese nombre corresponde a un contexto particular, y que ese estado es comprensible y tolerable.
Eisenberg y colaboradoras (1998) sistematizaron este proceso bajo el concepto de socialización emocional: el conjunto de prácticas parentales, muchas de ellas inconscientes, a través de las cuales los niños aprenden a experimentar, expresar y regular sus emociones. Esas prácticas incluyen el nombramiento de emociones, las respuestas de apoyo o rechazo ante la expresión emocional del/la niño/a, y el modelado de estrategias de regulación.
Lo que la investigación más reciente sobre familias de niñes autistas muestra es que este proceso de socialización emocional enfrenta un desafío particular cuando la expresión emocional es atípica (Jordan et al., 2021). No porque quienes cuidan no quieran responder adecuadamente, sino porque la señal que reciben es diferente: una niña que no llora cuando se esperaría, que reacciona intensamente ante algo que parece menor, o que expresa malestar de formas que el entorno no reconoce como emocionales. La desconexión no es necesariamente de negligencia; puede ser, sencillamente, de desajuste perceptivo. Y ese desajuste repetido en el tiempo tiene consecuencias concretas: el niño neurodivergente crece con menos oportunidades de tener sus estados emocionales nombrados y reflejados de forma contingente.
Sin palabras no hay mapa: lenguaje, conceptos y granularidad emocional
Uno de los aportes más relevantes de la teoría de la emoción construida (Barrett, 2017) al problema que estamos explorando es este: las emociones no solo se expresan con palabras; en parte, se construyen con ellas. Las categorías lingüísticas que una persona tiene disponibles para nombrar sus estados internos no son etiquetas que se pegan sobre experiencias ya formadas. Son parte del proceso por el cual esas experiencias adquieren forma diferenciada.
Hoemann, Xu y Barrett (2019) formularon esta idea de manera precisa: los/las/les niños/as/es aprenden los conceptos emocionales de modo similar a como aprenden otras categorías abstractas, y el lenguaje emocional que escuchan en su entorno es una de las vías centrales para ese aprendizaje. Cuando un niño crece en un entorno con vocabulario emocional rico y variado, desarrolla la capacidad de distinguir emociones finas. Cuando ese vocabulario es escaso, o cuando no calza con lo que el niño realmente experimenta, la granularidad emocional queda subdesarrollada: varios estados afectivos distintos colapsan bajo etiquetas amplias como "estoy mal" o "me siento raro".
Para personas neurodivergentes, este problema tiene una dimensión adicional que raramente se menciona: la mayoría de las categorías emocionales disponibles culturalmente son neurotípicas. El vocabulario emocional convencional fue construido a partir de experiencias promedio: cómo se siente la vergüenza en un cuerpo con una configuración neurológica típica, en qué contextos sociales aparece el entusiasmo, qué aspecto tiene el aburrimiento. Muchas experiencias emocionales neurodivergentes no mapean limpiamente sobre esas categorías. La sobrecarga sensorial que mezcla ansiedad con dolor físico, los estados de hiperfoco que combinan satisfacción intensa con desconexión del entorno, o la respuesta extrema de evitación ante demandas externas como expresión de autonomía amenazada: ninguna de estas experiencias tiene una palabra precisa en el vocabulario emocional convencional.
El resultado no es solo que la persona no tenga la palabra. Es que, sin la palabra, el estado no se diferencia completamente de otros estados. La señal existe, pero queda sin categorizar.
El problema de la empatía doble
Durante décadas, el modelo dominante sobre las dificultades sociales en el autismo fue el de la teoría de la mente: la idea de que las personas autistas tienen dificultades para inferir los estados mentales de otros, lo que explicaría sus problemas de comunicación e interacción social.
En 2012, el investigador autista Damian Milton propuso una crítica fundamental a ese modelo con el concepto del problema de la doble empatía: la dificultad de comunicación entre personas autistas y no autistas no es un déficit unilateral del lado autista, sino una desconexión mutua entre personas con disposiciones, estilos comunicativos y experiencias del mundo profundamente diferentes (Milton, 2012). No autistas también tienen dificultad para comprender a personas autistas; también fallan en leer sus emociones, en interpretar sus señales, en predecir sus respuestas.
Esta reinterpretación tiene consecuencias directas para entender la dificultad de identificación emocional. Si el entorno en el que crece una persona neurodivergente está compuesto mayoritariamente por personas que no comprenden su estilo emocional, que malinterpretan sus señales, que responden de forma desajustada a sus expresiones, entonces la co-regulación emocional que debería nutrir el desarrollo de la conciencia emocional ocurre de forma deficiente. No porque nadie lo intente, sino porque existe una asimetría comunicativa estructural que hace muy difícil el ajuste recíproco.
Una revisión de diez años de investigación sobre la doble empatía confirmó que este fenómeno es robusto: en intercambios rápidos, las personas autistas son percibidas más negativamente por personas no autistas sin razón objetiva que lo justifique, mientras que las interacciones entre personas autistas entre sí muestran mayor fluidez y reciprocidad (Milton et al., 2022). Esto sugiere que parte de la dificultad emocional que muchas personas neurodivergentes experimentan no emerge de sus cerebros en abstracto, sino de años de navegar un mundo social que sistemáticamente malinterpreta lo que sienten y cómo lo expresan.
Entornos que no ajustan: la carga de la adaptación constante
Más allá de las relaciones tempranas, el entorno social más amplio también importa. Los contextos educativos, laborales y familiares en los que viven las personas neurodivergentes raramente están diseñados para ellas. Eso genera una condición que la investigación en salud mental ha comenzado a documentar con más precisión: la incongruencia persona-entorno como fuente de estrés crónico.
Cuando el entorno exige una adaptación constante a normas que no responden a las propias necesidades, ocurren varias cosas simultáneamente. Aumenta la vigilancia: la persona debe monitorear permanentemente el entorno para anticipar demandas y evitar consecuencias negativas. Aumenta la incertidumbre: cuando el mundo social es difícil de predecir, el sistema nervioso se mantiene en estado de alerta sostenida. Y disminuye la estabilidad necesaria para el procesamiento emocional reflexivo: identificar qué se siente requiere cierta calma cognitiva, cierta sensación de seguridad, que la presión adaptativa constante no permite.
Este mecanismo se relaciona con lo que el modelo de estrés de minorías (aplicado recientemente a personas autistas y neurodivergentes) describe como el costo acumulado de existir en un entorno que no reconoce ni valida la propia forma de ser. Ese costo no es solo psicológico en el sentido abstracto: se traduce en mayores tasas de ansiedad, depresión, agotamiento crónico, y, consistentemente, en mayor dificultad para acceder a la propia experiencia emocional.
La co-regulación que nunca llegó, y la que puede llegar
Es importante detenerse aquí en algo que puede resultar difícil de leer para personas neurodivergentes adultas: mucho de lo descrito hasta aquí ocurrió en etapas del desarrollo donde no había posibilidad de elegir otra cosa. La co-regulación deficiente, el vocabulario emocional inadecuado, la falta de espejos que reflejaran con precisión lo que se sentía: todo eso sucedió en contextos donde la persona era niña o adolescente y el entorno simplemente no sabía cómo responder.
Eso no significa que el daño sea irreversible. La investigación sobre neuroplasticidad y desarrollo emocional en adultos muestra que las capacidades de identificación emocional pueden desarrollarse a cualquier edad, especialmente cuando se crean las condiciones adecuadas: vínculos que validan la experiencia neurodivergente como legítima, comunidades de pares con experiencia compartida, y marcos interpretativos más ajustados a la propia fenomenología.
Las comunidades de personas neurodivergentes han producido, precisamente, un vocabulario emocional más preciso para experiencias que el lenguaje convencional no nombraba. Términos como autistic burnout (agotamiento autista), sensory overload (sobrecarga sensorial), o el reconocimiento de la inertia emocional como fenómeno específico no son invenciones arbitrarias: son herramientas conceptuales que permiten identificar y diferenciar estados que antes quedaban bajo el paraguas inespecífico de "estar mal" (Raymaker et al., 2020).Y esas herramientas, cuando una persona las encuentra, pueden cambiar profundamente su relación con su propia experiencia interna.
Una síntesis de la serie
A lo largo de estos cuatro artículos hemos explorado por qué saber cómo uno se siente puede ser genuinamente difícil para muchas personas neurodivergentes, y por qué esa dificultad no es una falla de carácter ni una falta de voluntad.
A nivel biológico, el proceso de construcción emocional involucra sistemas interoceptivos, redes de saliencia y mecanismos predictivos que en personas neurodivergentes funcionan de forma atípica, produciendo señales corporales difíciles de interpretar o emociones que no convergen en hipótesis estables.
A nivel psicológico, estrategias adaptativas como el masking, la supresión emocional y la priorización crónica de lo externo sobre lo interno van alejando progresivamente a la persona de su propia experiencia afectiva, a menudo sin que sea consciente de ello.
A nivel social, la ausencia de co-regulación ajustada, la falta de un vocabulario emocional que calce con la experiencia neurodivergente, y los efectos acumulados de vivir en entornos que sistemáticamente malinterpretan las propias señales emocionales construyen un contexto donde la identificación emocional se vuelve muy difícil de desarrollar.
Lo que emerge de todo esto no es un diagnóstico, sino una comprensión. Y una comprensión más precisa de por qué alguien no sabe qué siente es, al mismo tiempo, un mapa más honesto de lo que haría falta para que eso cambie.
Serie: "No sé cómo me siento" - La experiencia emocional en la neurodivergencia