Serie: "No sé cómo me siento" - Factores biológicos: el cuerpo que no se escucha (PARTE 2/5)
En el primer artículo de esta serie presentamos una pregunta que parece simple pero no lo es: ¿cómo te sientes? Y mencionamos que para muchas personas neurodivergentes, esa pregunta no tiene respuesta fácil - no porque no se sienta nada, sino porque algo en el proceso de construir esa respuesta no funciona del modo esperado.
En este artículo nos metemos en la primera capa de ese proceso: la biológica. ¿Qué ocurre en el cerebro y el sistema nervioso de una persona neurodivergente cuando intenta saber qué siente? ¿Por qué ese proceso puede ser más difícil, más lento, o más confuso?
Una advertencia antes de empezar: hablar de "diferencias biológicas" no significa hablar de déficits. Lo que la neurociencia contemporánea describe son configuraciones distintas, no cerebros rotos. Esa distinción importa mucho para cómo se interpreta lo que viene.
Las emociones no vienen de fábrica: se construyen
Durante mucho tiempo, la ciencia pensó que las emociones eran respuestas automáticas y universales: que el miedo, la alegría o la tristeza estaban "programadas" en el cerebro, listas para activarse ante el estímulo correcto. Esa idea fue muy influyente, pero la investigación de las últimas décadas la ha desafiado con fuerza.
Hoy, uno de los marcos más sólidos en neurociencia afectiva es la teoría de la emoción construida, desarrollada por Lisa Feldman Barrett (2017). Su argumento central es que las emociones no son respuestas que el cuerpo envía y el cerebro simplemente recibe.
Son construcciones activas: el cerebro genera permanentemente hipótesis sobre qué está pasando dentro del cuerpo, las cruza con el contexto, con la memoria de experiencias anteriores, con las categorías conceptuales disponibles, y a partir de todo eso produce algo que llamamos emoción.
(Barret, 2017)
Esto significa que identificar una emoción no es un acto de percepción pasiva. Es un acto de inferencia. Y cuando alguno de los pasos de esa inferencia funciona de forma atípica, el resultado puede ser exactamente lo que muchas personas neurodivergentes describen: una sensación que está ahí, pero sin nombre; una activación del cuerpo que no se traduce en claridad emocional.
El primer problema: escuchar el cuerpo
El primer paso en la construcción emocional es lo que los neurocientíficos llaman interocepción: la capacidad del cerebro de detectar y procesar las señales internas del cuerpo (latido cardíaco, tensión muscular, temperatura, presión en el estómago, etc.). Estas señales son la materia prima de las emociones.
La región cerebral más crítica para este proceso es la ínsula anterior, que funciona como un integrador: recibe señales viscerales del cuerpo y las conecta con redes de procesamiento emocional y social (Uddin & Menon, 2009). En personas autistas, múltiples estudios de neuroimagen muestran una hipoactividad y desconectividad atípica de la ínsula anterior, particularmente en tareas emocionales e interoceptivas (Uddin & Menon, 2009). En personas con TDAH, la evidencia muestra alteraciones en la conectividad funcional entre la ínsula derecha y las regiones prefrontales implicadas en la regulación emocional (Sidlauskaite et al., 2021).
¿Qué produce esto en la vida cotidiana?
No necesariamente que las señales del cuerpo sean débiles o ausentes. Produce, más bien, que esas señales lleguen con ruido: poco diferenciadas, difíciles de interpretar, desconectadas de su significado emocional. Una revisión sistemática y metaanálisis reciente encontró que personas autistas muestran diferencias significativas en múltiples dimensiones de la interocepción, incluyendo menor precisión interoceptiva y mayor confianza en sus propias evaluaciones (lo que genera una discrepancia importante entre lo que el cuerpo dice y lo que la persona cree que dice) (DuBois et al., 2022).
Aquí es donde se rompe un mito importante: la dificultad para identificar emociones no aplica solo a quienes reprimen lo que sienten. También afecta, con frecuencia de forma más intensa, a personas que son etiquetadas como "sobreemocionales" o que tienen reacciones muy intensas.
En muchos de estos casos, lo que ocurre es una externalización por desborde: el cuerpo genera una señal de alta intensidad que la persona no puede procesar ni categorizar, y que sale sin pasar por la conciencia emocional. La intensidad no es evidencia de claridad; puede ser, precisamente, evidencia de lo contrario.
El segundo problema: ponerle nombre a lo que se siente
Incluso si la señal interoceptiva es detectable, aún hace falta algo más para identificar una emoción: necesita conectarse con una categoría conceptual. Necesitamos no solo sentir una activación del cuerpo, sino poder preguntarnos "¿qué tipo de activación es esta?" y acceder a una respuesta: "es ansiedad", "es entusiasmo", "es vergüenza".
Esta capacidad de distinguir emociones con precisión se llama granularidad emocional, un constructo bien establecido en la investigación. Quienes tienen alta granularidad emocional no solo saben que "se sienten mal": pueden distinguir si están frustradas, decepcionadas, humilladas o asustadas, y esa diferencia cambia cómo responden. Quienes tienen baja granularidad colapsan múltiples estados en categorías amplias e inespecíficas (Barrett, 2004; Kashdan et al., 2015).
La granularidad emocional no es innata: se desarrolla, se aprende, y tiene correlatos neurales identificables. La investigación muestra que personas con mayor granularidad emocional tienen mayor activación diferencial en la corteza prefrontal ventromedial ante estímulos emocionales distintos, lo que sugiere que la diferenciación emocional fina tiene una base estructural y funcional (Lindquist & Barrett, 2008).
Lo que es relevante aquí es que cuando la interocepción es atípica, el desarrollo de la granularidad emocional puede verse comprometido desde el principio: si las señales del cuerpo llegan confusas o sin diferenciar, es difícil que el sistema construya categorías emocionales finas a partir de ellas.
El tercer problema: la alexitimia como expresión de todo lo anterior
Cuando la dificultad para identificar y describir las propias emociones es persistente y significativa, recibe el nombre de alexitimia (literalmente, "sin palabras para los sentimientos"). No es un diagnóstico en sí mismo, sino un constructo dimensional: todas las personas tienen más o menos capacidad de identificar sus emociones, y la alexitimia describe el extremo de menor acceso.
La prevalencia de alexitimia en población autista es marcadamente mayor que en la población general (estimaciones varían entre el 40% y el 65% según estudios). Sin embargo, un hallazgo importante de los últimos años desafía la idea de que esto sea una característica inherente del autismo: Bird y Cook (2013) propusieron la hipótesis de la alexitimia, argumentando que las dificultades de procesamiento emocional asociadas al autismo no son un rasgo nuclear de la condición, sino que reflejan la co-ocurrencia de alexitimia. Estudios posteriores apoyaron esta distinción: es la alexitimia, no el autismo per se, lo que predice las dificultades en reconocimiento de emociones (Cook et al., 2013).
¿Por qué importa esto?
Porque cambia radicalmente el foco de intervención: no se trata de "enseñar emociones" a personas autistas como si carecieran de vida emocional, sino de trabajar sobre procesos interoceptivos y de categorización que son específicos y entrenables.
Desde una perspectiva neurobiológica, la alexitimia parece reflejar una falla generalizada en la interocepción: no solo dificultad para percibir el propio estado cardíaco, sino también señales musculares, respiratorias, digestivas. Es un déficit transdominio de la percepción interna, no un problema específico de las emociones (Murphy et al., 2018; Brewer et al., 2016).
El cuarto problema: el cerebro que sobre-pondera el presente
Otro componente biológico relevante viene del marco de la codificación predictiva (predictive coding), un modelo influyente sobre cómo el cerebro procesa información, con raíces en Helmholtz y formalizado computacionalmente por Rao y Ballard (1999) y extendido como teoría general del cerebro por Friston (2010). Su propuesta central es que el cerebro funciona como una máquina de predicciones: constantemente genera expectativas sobre lo que va a percibir, y ajusta esas predicciones cuando la realidad las contradice.En este modelo, cada señal sensorial tiene un peso asignado: cuánto le cree el cerebro a esa señal versus cuánto confía en su predicción previa. Pellicano y Burr (2012) propusieron que en el autismo existe una tendencia a subponderar las predicciones previas y sobreponderar el input sensorial inmediato (los llamaron hypo-priors). Quattrocki y Friston (2014) extendieron este argumento al dominio interoceptivo: si el cerebro no puede modular adecuadamente los errores de predicción interoceptivos, el resultado es una dificultad para aprender qué significan las señales del cuerpo en términos emocionales.
En términos cotidianos: el cuerpo genera una señal, el cerebro no puede contextualizarla ni integrarla con experiencias anteriores similares, y el resultado es una activación que no converge en una hipótesis emocional estable.
El quinto problema: el tiempo
Finalmente, hay una dimensión temporal que se menciona poco. Identificar una emoción no es solo un proceso que requiere las piezas correctas, sino que requiere que esas piezas se integren en el momento adecuado.
Algunas investigaciones sugieren que en personas neurodivergentes puede haber latencias mayores en la integración multisistémica: la señal interoceptiva, la categoría conceptual y el contexto social no llegan al mismo tiempo, o la ventana de integración es más amplia. Esto puede producir lo que muchas personas describen como conciencia emocional diferida: entender qué sintieron horas o días después del evento, cuando ya pasó la situación que lo generó.
Esta demora no es una consecuencia de cómo el sistema procesa la información en tiempo real.
Una aclaración necesaria
Todo lo descrito hasta aquí son tendencias estadísticas documentadas en investigación de grupos. No toda persona neurodivergente experimenta todas estas dificultades, ni con la misma intensidad. El perfil interoceptivo de cada persona es único, y puede incluir zonas de alta sensibilidad junto a zonas de baja diferenciación.
Lo que sí es consistente en la evidencia es que estas diferencias existen, que tienen correlatos neurales identificables, y que no son el resultado de falta de voluntad, falta de práctica emocional, o desinterés por la propia vida interna.
En el próximo artículo pasamos al segundo nivel: los factores psicológicos. Cómo ciertas estrategias adaptativas que muchas personas neurodivergentes desarrollan a lo largo de su vida, como el enmascaramiento o la supresión emocional, pueden profundizar esta brecha entre la experiencia y la conciencia de lo que se siente.
Próximo artículo: Los factores psicológicos - cómo el enmascaramiento y la supresión crónica alejan a las personas de su propia experiencia emocional (Parte 3/5).
Serie: “No sé cómo me siento” - La experiencia emocional en la neurodivergencia